Contra la indiferencia y el racismo

Turingia

Soy alemán. Y tengo la piel morena. ¡Sí, es posible! Tiene que aceptarlo. Me convertí en alemán cuando Helmut Schmidt era canciller federal. Cuando Helmut Kohl fue nombrado canciller, ya tenía tiempo de ser alemán. Y además, era alemán cuando el grupo Münchner Freiheit cantaba “Ohne dich” y cuando Mathias Rust aterrizó en la Plaza Roja – y además era alemán cuando en familia, viajábamos a la República Democrática Alemana. Y era alemán en 1989, durante la caída del Muro de Berlín y durante los disturbios racistas Hoyerswerda en 1991. Era alemán y seguí siendo alemán cuando Dieter Bohlen vendió 400.000 copias de su autobiografia en solo 14 días. Y aunque soy alemán, en este país, que es mi país, no puedo moverme libremente. Aquí en Colonia nunca lo noto. Aunque en Renania del Norte-Westfalia en 2014 se registraron exactamente 3.286 delitos cometidos por grupos de derecha, incluidos 370 delitos violentos incluidos seis incendios provocados y 332 lesiones personales. Pero en mi vecindario entre los supermercados DM y Alnatura no tengo miedo de la derecha. Pero ahora todo eso está por cambiar. Schuld es una pequeña localidad en Turingia, en la región de Altemburgo, cerca de la frontera con Sajonia. Por motivos familiares debo ir allí. Un lugar agradable. Hay ovejas y perros, lugares de recreación para niños. Y hay nacistas. Tengo miedo. Miro la televisión y leo los periódicos. Nunca he estado en Altemburgo y, sin embargo, estoy seguro de que voy a una zona de peligro. En Internet, eché un vistazo a las pistolas de señales. No comprendo la diferencia entre estas pistolas y las de verdad, porque nunca he tenido armas de verdad en la mano. Solo la idea de tener una pistola, me irrita. Seguramente mis hijos la encontrarían y luego tendría que justificarme antes de la próxima misa infantil.

En 2014, se detectaron 1.060 casos de delitos políticos de la derecha en Turingia. La mayoría de estos casos (790) fueron en delitos por propaganda nazista. Casi 100 casos son delitos violentos, que van desde bofetadas hasta

incendios provocados y honicidios. Naturalmente en Turingia también hay crímenes motivados políticamente, cometidos por personas de otras orientaciones políticas. El mismo año se han detectado 303 crimenes de izquierda y casi 12 de criminalidad de “inmigrantes”. Los restantes 312 no se podía relacionar a una determinada orientación política. En general, el número de casos ha aumentado casi el 90%. Quien ha seguido las noticias de los últimos meses, sabe que en el 2015 no podemos esperar que el fenómeno sea controlado. Mi temor aumenta cuando vienen a mi mente las imagenes de marchas nacistas en los centros de las ciudades y de las banderas bélicas del Reich en los “Schrebergarten”. Son las imágenes de las banderas del “White Power” y de las riñas. Entre estas imágenes, también hay algunas de mi infancia en la periferia de Suabia. Imágenes de pequeñas y grandes miserias. Cada año, el 20 de abril, antes del atardecer, mi madre, me exhortaba a venir a casa de la plaza Bolzplatz. Son las imágenes del albergue de los solicitantes de asilo, en llamas, mostradas en el telenoticiero. Son reportajes en los que las imagenes de Udo Voigt acompañadas de una música de fondo con bajos extremos y agresiva. Son imágenes Helmut Kohl y Klaus Kinkel que en televisión dicen cosas de los nazis que parecen justificar.

Mi temor es difícil de percibir. Sé que estas imágenes son injustas con Turingia y tolerantes con Solingen, Dortmund y Colonia.

Alemania oriental es una región desconocida. Yo le soy desconocido, como ella es desconocida para mí. Y como todo lo desconocido, da mucho espacio a mis temores. Tengo que darme cuenta de eso. Hay ciudadanos asiáticos en Weißenfels que tienen su snack bar. Creo que son personas libres. También podrían abrirlo en otro lugar. En Alemania occidental, por ejemplo. Debo hacer este viaje. Debo comer una Döner cerca de Leipzig y dar un paseo por la noche. Tengo que demostrarles a mis hijos que están en casa en toda Alemania.

Y de todos modos me pregunto si realmente vale la pena. No tengo suficiente en Renania del Norte-Westfalia donde tengo que defenderme constantemente de los pequeños ataques a mi imagen de ciudadano alemán o la naturalidad con la que me hablan en inglés o en francés – ¡pura ironía, porque si yo fuera francés o británico, la mayoría de ellos no me considerarían extranjero! Se necesita un poco de esfuerzo para permanecer amable aquí en mi casa cuando elogian a mis hijos por saber bien el alemán. Soy logopeda, respondo a veces, para dejarlos aún más perplejos.

¿Por qué Alemania Oriental? ¿Por qué debo reconciliarme con esta región? ¿Me hacen faltan lugares como Wernigerode? No! Además, este lugar es parte de Alemania a partir de 1990 y si Alemania es realmente mi hogar, no puedo permitirme viajar con menos libertad que cualquier otro alemán. No puedo privarme del derecho al que aspiran todos los solicitantes de asilo con un permiso de residencia de duración determinada que expira en enero de 2015.

Nuestro viaje comienza el viernes. Los automóviles vajo la lluvia viajan sobre la autopista A4. Le grito a mis hijos. Ahora han comprendido que conmigo no se bromea. La noche antes de salir, ha sido agitada y corta. Turingia me quita el sueño. Al pasar por la antigua frontera entre las dos Alemanias hacemos bromas groseras sobre Alemania Oriental. Somos superiores a sus ciudadanos. Me hace sentir bien. En los últimos días me he fijado mucho en el número 42. Ese es el porcentaje de ciudadanos de Turingia que según una encuesta del 2013, están convencidos que hay demasiados extranjeros en Alemania. Hago un esfuerzo por pensar en el otro 48%. Pero cuanto más nos acercamos al destino, más disminuye la densidad de población. Y cuanto más nos alejamos de la ciudad, más tenso estoy. El automóvil está lleno de silencio. Solo los niños continúan discutiendo en voz baja porque no han logrado ponerse de acuerdo sobre quién jugará la próxima ronda de Angry Birds. La finca donde pasaremos el fin de semana está ubicada en el centro de un pequeño pueblo, sin tiendas, ni oficina de correos ni tienda de bebidas. Nos dicen que todo eso existió.

Hoy, para hacer compras, se va al pueblo vecino. Cuando escucho el nombre de ese pueblo, recuerdo haberlo leído en alguna parte. De aquí viene uno de los jefes de la Thüringer Heimatschutz (THS). El jefe organizador de la

THS era Tino Brandt, anteriormente, un comprobado mensajero y fiel asistente del trío NSU (Clandestinidad Nacionalsocialista) . La Thüringer Heimatschutz me hace olvidar mi intención de conocer personas y de ser libre. Para garantizar la seguridad de todos nosotros, divido nuestra familia en dos grupos: el grupo con piel clara que va a hacer las comprar y a descubrir el paisaje de los alrededores, mientras el otro, de color, vigila la finca hasta que nos vayamos.

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