Por Walter Ego
La soledad, tanto si se disfruta como si se sufre, es un ente bello en muchas de sus formas; es bella cuando se vive, es bella cuando se siente, es bella si se reflexiona, es bella si se observa y, por supuesto, es bella si se plasma en un lienzo.
Edward Hopper fue el gran pintor de la soledad de un centenar de individuos que poblablan su colorido universo de habitaciones de hotel, casas y restaurantes sobre los que flotaba en la atmósfera, la introspección como única filosofía de vida.
Nigel nació en Bexley, Reino Unido, en 1947 y estudió en Europa donde se empapó de la obra de los grandes maestros, sus estilos y su estética hasta que se decantó por su estilo al óleo en el que la soledad no es un personaje más, sino que es el principal.
Cuando se traslado a EEUU en 1979, se vio fuertemente influenciado e inspirado por la obra de artistas contemporáneos norteamericanos y las corrientes “realistas” que lleva más de 30 años desarrollando en su trabajo pictórico.
En sus cuadros, en los que muchas veces pinta directamente al óleo y otras veces se guía por previos bocetos a lápiz, plasma escenas cosmopolitas del día a día en los que sus personajes se ven dibujados por un uso de la luz natural en sus escenarios callejeros e intimista en sus escenarios de interior.
Su arte está muy cotizado en los últimos años y forma parte de importantes colecciones privadas y públicas. Aquellos que decidan deleitarse con la cinematografía de sus historias, están invitados a imaginar qué ha pasado o qué va a pasar antes y después de las escenas que captura.
Aunque la realidad es una innegable fuente de inspiración para Van Wieck, el artista confiesa que la mayoría de sus obras nacen de su imaginación porque afirma que la realidad es mucho mejor cuando se imagina.
En eso estamos totalmente de acuerdo, ojalá la realidad fuera tan bella, melancólica, sincera e íntima como en las pinturas de Nigel Van Wieck.
Fuente: Cultura Inquieta