Historia (interminable) del libro

La poeta estadounidense Amaranth Borsuk reflexiona sobre la multiplicidad de perspectivas posibles para esta inextinguible invención en un nuevo ensayo, ‘El libro expandido. Variaciones, materialidad y experimentos’

MERCEDES CEBRIÁN31 AGO 2020 – 00:20 CEST

La evolución de ese invento al que llamamos libro no termina ni en Gutenberg ni en el editor Aldo Manuzio. A pesar de que muchos de los libros que hoy nos acompañan se parezcan bastante en diseño a los que leían Flaubert o Emilia Pardo Bazán, este contenedor de ideas ha experimentado abundantes adelantos tecnológicos a lo largo de la historia, y todos ellos han influido en nuestra manera de leer y escribir. Acerca de estos cambios y de las distintas perspectivas posibles para pensar el libro –como objeto, como contenido, como idea y como interfaz– nos habla el ensayo El libro expandido. Variaciones, materialidad y experimentos (Ampersand, 2020), cuya autora es la académica y poeta estadounidense Amaranth Borsuk, profesora de la Universidad de Washington Bothell.

Borsuk ha dedicado gran parte de sus investigaciones a reflexionar acerca de las relaciones entre página y pantalla y a poner en contacto la historia del libro con el arte y la literatura actuales. En el prefacio de este ensayo, la autora deja claro que para ella el libro es un artefacto tecnológico y desde ese enfoque decide abordar su discurso. Si bien dedica el primer capítulo al libro en la antigüedad, mencionando las tablillas de arcilla mesopotámicas sobre las que se trazó la escritura cuneiforme ya en el año 2800 a. C., Borsuk salta a menudo en el tiempo hacia delante y hacia atrás para establecer conexiones entre distintos momentos de la historia del libro. Esto nos permite entender, por ejemplo, lo cercanamente emparentados que están los formatos digitales del libro con los rollos y tablas de escritura del pasado remoto. Tras varios siglos de preponderancia de la herencia del códice impreso surgido en el siglo XV, hoy leemos en pantallas haciendo gestos parecidos a los de aquellos que empleaban los rollos de papiro en los que se escribía de forma continua en columnas. Esta similitud es particularmente llamativa en inglés, pues el sustantivo scroll significa rollo o papiro y, al mismo tiempo, se emplea cotidianamente como verbo para dar nombre al desplazamiento horizontal o vertical en las pantallas táctiles que nos posibilita seguir leyendo el texto que aún no ha aparecido ante nuestros ojos.

Esta concepción del libro como artefacto fluido que nos ofrece Borsuk nos permite abandonar la dicotomía entre el libro impreso y los medios digitales, pues, por su maleabilidad, el libro cambia y se ha de redefinir constantemente. Sus mutaciones, fruto de diversas variables, han favorecido los cambios en el concepto de autoría a lo largo de los siglos, y han contribuido a otras transformaciones socioeconómicas en el sector editorial. Un buen ejemplo son los incunables, que, según la autora reflejaban el comportamiento del mercado en el siglo XV: el hecho de que más de la mitad de los primeros libros impresos fuese de orden sacro facilitó la reforma religiosa y la difusión del humanismo. Ya en el siglo XX, el surgimiento de los libros encuadernados en rústica facilitó que los lectores de clase media formasen sus propias bibliotecas domésticas, algo que también había ocurrido anteriormente en la época del impresor Aldo Manuzio (1449-1515), quien comenzó a emplear la tipografía itálica compacta y un formato menor, el octavo, además de suprimir las notas y comentarios, lo que facilitaba la portabilidad de estos volúmenes. Borsuk nos recuerda que el propio Maquiavelo llevaba este tipo de libros cuando salía a pasear por el bosque, según figura en una carta que el autor de El príncipe escribió a un amigo en 1513.

Como poeta experimental en activo, Borsuk se interesa particularmente por el libro como un objeto que se presta a la indagación artística. El llamado “libro de artista” ha ido apareciendo de manera transversal en todos los movimientos vanguardistas del siglo XX. Puede contener texto e imágenes, como un libro “convencional”, pero también puede ser ilegible o haberse transformado en escultura.

Como principal precursor de los artistas del libro contemporáneo la autora no se olvida de Stéphane Mallarmé por su obra póstuma Un golpe de dados jamás abolirá el azar, un poema largo publicado en 1897. En él, según resume Borsuk “la página no es una nave, sino un océano y el texto, arrojado sobre sus olas, un naufragio en la lengua que dirige el ojo del lector por su superficie brillante.” Lo que perseguía Mallarmé con ese libro era devolverle la expresividad a los textos en el plano tanto lingüístico como tipográfico, pues el poeta francés percibía una “crisis del verso” en su época debida a la masificación de la cultura, algo que nos recuerdan tanto Borsuk como el propio Mallarmé en su ensayo El libro como instrumento espiritual.

El texto de Borsuk funciona como puerta de entrada para continuar recorriendo los muchos meandros de este tema, de ahí que al final incluya una larga lista de referencias, tanto bibliográficas como institucionales. Algunos autores en sintonía con Borsuk y traducidos al castellano a quienes también cabe mencionar son Marjorie Perloff, cuyo último libro, El genio no original. Poesía por otros medios en el nuevo siglo (Greylock, 2019) profundiza en las nuevas formas de escritura contemporánea, y la autora argentina Belen Gache. Afincada en España, Gache desarrolla proyectos de literatura expandida, y en su libro Escrituras nómades (Trea, 2006) indaga sobre escrituras no lineales a lo largo de toda la historia de la literatura.

El libro expandido ha sido también objeto de exposiciones como Hiperiment, Lector Mundi y Kosmótica, todas ellas celebradas en el CCCB (Centre de Cultura Contemporània) de Barcelona en las dos últimas décadas. Las muestras exploran desde el hipertexto hasta las nuevas formas de lectura de la contemporaneidad. Asimismo, el libro es uno de los materiales esenciales en el trabajo de artistas como Alicia Martín o el belga Marcel Brodthaeers. A este último, poeta antes que artista visual, el Museo Reina Sofía le dedicó una retrospectiva en 2016. Brothaeers desarrolló su trabajo a partir de su enfoque radical del modo de pensar los libros, el cine y las artes visuales. De hecho, para crear su primer objeto artístico en 1964 empleó cincuenta ejemplares de su libro de poemas Pense-Bête hundidos en yeso. Por su parte, Alicia Martín desprovee al libro de su contenido y lo emplea como pieza escultórica en instalaciones de gran formato e impacto visual como las que expuso en 2009 en la Casa de América de Madrid y en 2019 en la feria ARCO.

A lo largo de este recorrido, resulta patente que el libro, en sus distintas variantes, se encuentra hoy en plena forma; no hay razones, por tanto, para ir organizándole ya su funeral.

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