Las editoriales que sobrevivieron a la crisis y ‘al duopolio’

Seis sellos explican sus estrategias de supervivencia en una economía deteriorada y en un sector, el de la cultura y el entretenimiento, saturado de ofertas cada vez más invasivas.

El editor de libros, la película de Michael Grandage de 2016 sobre Maxwell Perkins y Thomas Wolfe, no era ni buena ni mala, pero tenía algunos alicientes: salía Colin Firth haciendo de editor en Mahattan, en los años 50, aunque su despacho y sus trajes parecían los propios de un detective de Los Ángeles; salía Jude Law en el papel de genio loco, un poco pasado de rosca; y salía Nicole Kidman, muy guapa y muy fatal, como en las películas antiguas.Lo que no aparecía por ninguna parte era el dinero. El dinero, en realidad, se daba por hecho, se adelantaba y se gastaba alegremente porque la promesa del botín, al final del drama, era una certeza.

En 2019 el dinero tampoco se nombra cuando llega la noticia de que Penguin Random House (PRH) ha comprado la editorial Salamandra, pero es imposible no hablar de gastos, ingresos e incertidumbres si se intenta entender la edición de libros en España.Hay una paradoja evidente: en un sector en el que casi todas las empresas medianas, casi grandes, han sido absorbidas por los dos grupos dominantes (Planeta y PRH), muchas de las editoriales pequeñas que nacieron en la década pasada han sobrevivido a la crisis con razonable solvencia. Las editoriales que desaparecieron no fueron las aparentemente frágiles sino algunas de las que contaban con un capital importante y aspiraban a competir con el duopolio. ¿Por qué?

«Nacimos cuando empezaba la crisis, pero no hemos tenido ningún año de pérdidas.Tampoco de grandes ganancias, claro. Cuando empecé con la editorial, contaba con tener pérdidas los primeros dos años, pero tuve suerte; a los pocos meses sacamos Botchan, de Natsume Seseki, ganamos el Premio Llibreters y nos salvó el año. Al principio tuve un despachito en la calle Monte Esquinza, sólo dos meses.Luego me vine a trabajar a casa. Trabajaba solo con un becario que me echaba una mano.Casi todas las editoriales pequeñas tienen una historia parecida: empiezas solo, en casa, y a medida que creces, te vas y buscas gente que te libera de algunas funciones. Yo estuve dos años en casa, creo… ¿Qué hicimos bien para sobrevivir a la crisis? Supongo que estábamos menos expuestos que otras editoriales.En los últimos 10 años han desaparecido muchos lectores que se pasaron a ver series o a estar en las redes sociales.Pero ése no era el público al que nos dirigíamos.El cliente nuestro es el lector duro. El otro acierto fue especializarnos, al principio, en la edición de rescate. En España, en ese momento, estaba muy desatendido el libro de fondo, había hambre de libros clásicos, bien editados, bonitos.Apostamos por eso y salió bien. Si hubiésemos competido por los nombres o por el precio nos hubiera ido peor».

Enrique Redel, editor de Impedimenta, da la primera respuesta y la clave del concierto: economías austeras, estructuras muy ligeras, búsqueda de nichos… «En los últimos años, la venta media de nuestros libros ha subido un 30%. El libro que vendía 1.000 ejemplares, ahora vende 1.300. Pero si cambiase la tendencia e Impedimenta dejase de tener futuro, no me arruinaría terriblemente. Ése era uno de los objetivos desde el principio».

La campanada, el libro que se convierte en un ‘best seller’ inesperado, importa menos que las ventas de un fondo de catálogo vivo

Igual que Redel,Luis Solano asegura que su empresa, Libros del Asteroide, no ha tenido ningún año de números rojos. «Yo también empecé solo, con una persona a media jornada que me acompañaba. Y durante estos años hemos crecido así, de medio puesto en medio puesto. Ahora somos cuatro personas y media y el año que viene tenemos previsto ser cinco y medio». ¿Cuál fue el acierto? «Crecer orgánicamente. Reinvertimos los beneficios, mantuvimos el plan original frente a la crisis… El error hubiese sido buscar capital, un socio que pusiese un dinero e impusiese un plan quinquenal del tipo ‘en tres años tenemos que doblar la facturación’. Porque esas cosas no funcionan así en el negocio editorial. Doblar la inversión no significa doblar beneficios».

Juan Casamayor, editor de Páginas de Espuma, tiene algunos años más de recorrido y experiencias diferentes.Casamayor sigue trabajando en casa y recuerda dos años de pérdidas: «2012 fue el más duro.Parecía que a alguien se le había ocurrido la broma de devolvernos libros. Libros que pensábamos que estaban vendidos, se nos amontonaban porque las librerías nos los enviaban de vuelta para recuperar unos euros. En 2013 sacamos una licitación para enviar 40.000 ejemplares a los colegios de Perú de Ajuar funerario, de Fernando Iwasaki, y casi salvamos el año, aunque pagaban muy poco por ejemplar. ¿Qué hicimos? Lo primero, pasar dos meses en Buenos Aires para mejorar las redes que teníamos en América.Hoy, el 35-40% de nuestra facturación viene de América. Y hubo otra decisión arriesgada… Nos habían contado que los pisos de lujo y las joyas se vendían bien pese a la crisis. Y se nos ocurrió empezar a sacar las colecciones de autores completos en edición más o menos de lujo. Sacamos todo Maupasant por 90 euros. Y fue bien».

Casamayor recuerda aquellas dos jugadas, pero también insiste en que parte de su supervivencia consistió en mantener la calma, en aguantar la presión cuando llegaron las pérdidas y no cambiar la esencia de su editorial cuando llegó la angustia de las pérdidas. Los tres últimos años de Páginas de Espuma han sido los de más facturación de su historia.

Manuel Borrás, fundador de Pre-Textos, es quizá el más veterano en el arte de sobrevivir editando libros al margen de los grandes grupos.«Cuando empezó la crisis lo notamos mucho.No tanto porque nuestros lectores desaparecieran, sino porque empezaron a quebrar empresas que nos dejaban impagos. Hay deudas de 2009 que todavía no hemos cobrado». En Pre-Textos, la supervivencia se ha basado en lo de siempre: «En crecer poco a poco, con una estrategia de resistencia, evitando las servidumbres». Aunque las servidumbres siempre existen. Borrás, por ejemplo, se queja del altísimo ritmo de rotación de los libros de novedades que han impuesto las editoriales grandes. «Yo sería feliz sacando 30 libros al año, pero saco el doble porque, de lo contrario, nos sepultan, nos vuelven invisibles». Ésa es la paradoja: si Pre-Textos saca pocos libros, se vuelve irrelevante; si saca 70, tiene menos posibilidades de afinar el tiro mercantil y el tiro literario.

«Yo también preferiría sacar 50 libros que vendieran 3.000 ejemplares que 100 que vendan 1.500, pero luego no es tan sencillo», dice Ofelia Grande, editora de Siruela, que seguramente sea la empresa más grande de las consultadas. Siruela también tuvo un año de pérdidas, 2013, y encontró en otras dos licitaciones peruanas una tabla de salvación. «Vendimos 70.000 ejemplares. Pero lo que de verdad nos da una tranquilidad es el fondo. Tenemos libros que no son novedades pero se venden bien todos los años.De Caperucita en Manhattan llevamos 600.000 ejemplares, eso significa dos o tres reimpresiones al añoEl mundo de Sofía, algunos libros de Italo Calvino y algunos clásicos juveniles también tienen una demanda sostenida.Y creo que con Hispanofobia va a pasar parecido…». Siruela tiene rentas que le dan un colchón.«Pero no ignoro que la época del gasto alegre ya pasó hace mucho.Yo me acuerdo de los viajes de trabajo que se hacían, de las comidas que celebrábamos y los taxis que cogíamos… Obviamente, eso ya no existe».

Más opiniones: Julián Rodríguez, editor de Periférica junto a Paca Flores, no tiene long sellers tan largos como los de Siruela, pero sí que valora la aportación de sus clásicos, los títulos que le prometen algunos ingresos casi fijos cada año. «Muchas de las editoriales nacieron para la guerra de guerrillas y por eso hemos sobrevivido».

Rodríguez habla de los caprichos de la crisis que favorecieron a sellos como el suyo. «La crisis castigó al libro de bolsillo y nosotros estábamos ahí». Y recuerda el papel de la economía colaborativa (en el sentido más noble de la idea) en su caso: Contexto de Editores, el cartel de pequeños sellos en el que participan Periférica, Nórdica, Libros del Asteroide, Sexto Piso e Impedimenta, ha permitido, por ejemplo, que sus libros se distribuyan en América y que tengan una promoción profesionalizada.

Última pregunta: ¿los beneficios de sus editoriales responden a esos pocos libros que dan la campanada o viene porque la mayoría de los títulos alcanza el objetivo mínimo y sale rentable, aunque sea por los pelos? Luis Solano dice que casi todos sus libros llegan a su objetivo. Juan Casamayor salva a dos tercios de los suyos, «y no podemos pinchar más, no porque no podamos asumir esas pérdidas sino porque los distribuidores y libreros empezarían a perder el interés en nosotros».

Julián Rodríguez habla de un 50% de libros en números rojos «pero creemos que siguen siendo libros necesarios». Ofelia Grande explica que «la mayoría de los libros se venden razonablemente, alcanzan la cota de los 1.500, 1.700 ejemplares, que suele ser el listón de la rentabilidad». Y Redel explica que las campanadas existen y que alegran mucho, pero que, en el fondo, la supervivencia de Impedimenta no depende de ellas.

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