Elogio de los traductores


28 diciembre 2018 JOSÉ M. LÓPEZ DE ABIADA

La presencia de los traductores en los textos literarios publicados ha estado siempre arrinconada o condenada al anonimato. Y, sin embargo, eran precisamente su labor, su desprendimiento y su renuncia a la ambición subjetivista los elementos imprescindibles para transmitir la buena literatura. Huelga decir que desde el principio mismo los traductores fueron conscientes de que su trabajo era imperioso. Además, como se trataba de textos literarios se sentían pagados por el mero hecho de poder tramitar «palabra en el tiempo». Entre tanto son muchos los traductores que entienden que su trabajo cuenta con pocos apoyos institucionales, que las casas editoriales tampoco disponen de medios suficientes para tener partes en los procesos de comunicaciones interculturales y también saben que la mayoría de los lectores no repara en la cooperación creadora del traductor. Precisamente en esta evidencia se manifiesta la calidad de la traducción, puesto que el lector puede persistir en la ilusión de que está leyendo una obra que no precisa de intermediarios. Tanto menos en los tiempos de la globalización, capacitada (se dice) para derribar las lindes culturales con los «bárbaros fieros» rubendarianos y para desautorizar la pregunta de otro de los versos del bardo nicaragüense más repetidos («[…] tantos hombres hablaremos inglés?»).

Los veintisiete estudios del revelador y oportuno volumen coordinado por Isabel Hernández y Antonio López Fonseca tiene un texto anterior, debido a Isabel Hernández, en el que la estudiosa abordaba la literatura comparada, el canon y la traducción en un periplo que es justo calificar de retorno a la semilla y a los veneros mismos de la prosa. No extraña por tanto que el nuevo libro sea también pionero, único y necesario, pues aúna una nutrida gavilla de literaturas y las estudia desde las interrelaciones entre traducción y literatura mundial.

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